!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> Torquemada

Monday, December 29, 2008

Su muerte


La mañana es fría en Ávila, pre ludio de un invierno que se acerca desde el Norte. Alguien llama insistentemente a la puerta. El monje encargado de la entrada recibe un mensaje escrito. Mientras avanza por los pasillos del palacio no puede evitar leer el contenido del mensaje: se persigna y sigue su camino a la carrera.A los pocos minutos está franqueando el paso al desconocido, un ser de elevada estatura que viste algo anticuado y se mueve con demasiada parsimonia a su espalda. Fray Tomás está esperándolo sentado en una simple silla de enea.– ¿Decís que tenéis noticias del futuro? ¿Acaso sois brujo, o sim plemente estúpido?– Ni lo uno, ni lo otro, señor. Digamos que soy un viajero que hoy, 15 de septiembre de 1498, os viene a anunciar dos sucesos de importancia mayúscula. Sabed que el papa de Roma, a principios del siglo XXI pedirá perdón por los excesos de vuestra Inquisición.– Comprended que a mis años no me sorprenda en exceso por nada, los reos han revelado cosas mucho más increíbles que ésta. Nadie en su sano juicio podría pedir perdón por la búsqueda de la verdad y el castigo de los infieles.– La segunda es que mañana morireis.– Es posible, pero vos no pasareis de esta noche.– Antes, tome estos documentos. Le parecerán extraños, pues son del lugar que yo provengo: Madrid, pero el Madrid del año de 2007.El viejo fraile toma entre sus manos lo que parece un libro que abre por la página señalada. Allí lee sobre él, sobre su nacimiento y su lucha, una lucha que es descrita con palabras despectivas. El otro documento son hojas de gran tamaño y muy finas, en las que con grandes letras se puede leer "Juan Pablo II pide perdón por la Inquisición y otros errores del pasado" o "El Papa se arrepiente". Cuando levanta la vista, el extraño ha desaparecido.El resto del día lo pasa el viejo fraile encerrado en su aposento, leyendo y observando aquellos escritos. De alguna manera siente que es verdad, aunque su mente prefiere pensar que todo ha sido una jugada del maligno. Ya de madrugada, tira los papeles a la chimenea y observa como el fuego los convierte en cenizas. Luego toma el ce ñidor de su hábito y lo pasa por encima de una viga.La historia recordará la fecha de su muerte pero nadie, fuera de sus servidores, sabrá jamás la forma

Sunday, December 10, 2006

El personaje

Fue, sin ninguna duda, el más célebre de los inquisidores españoles, labrándose fama de dogmático, intolerante y despiadado. Su figura nos ha sido legada más a través de la literatura que de la historia, apareciendo apenas en los manuscritos de la época. Sabemos que fue sobrino del cardenal Juan de Torquemada (1388-1468). Nació en Valladolid o en Torquemada hacia el año 1420 y murió en Ávila, el 16 de Septiembre de 1498. Tomó tempranamente los hábitos de dominico en el convento de San Pablo de Valladolid, trasladándose pronto a Piedrahita. Jamás quiso aceptar el título de maestro en teología, a pesar de ser presentado y de estar acreditado con todos los requisitos legales para lograrlo.
Su gran saber teológico y su recto ejercicio de la austeridad le hicieron ampliamente popular en su órden, de tal forma que fue nombrado prior del monasterio de la Santa Cruz de Segovia, demostrando grandes dotes de gobierno. Siendo confesor de Hernán Núñez Arnalt, secretario y tesorero de los reyes Católicos, y de su mujer, María Dávila, dama de la reina Isabel, fue puesto en contacto con ésta última a través de los cortesanos y se convirtió también en confesor de la reina.
En Sevilla, se fundó una Inquisición ocasional con motivo de las acusaciones formuladas por dos dominicos, Alonso de Hojeda y Jerónimo Adorno, contra el cardenal de España. Esta circunstancia hizo que los reyes se fijasen en Torquemada para la constitución de un Tribunal del Santo Oficio español una vez acabadas las diligencias en Sevilla, recibiendo luego el nombramiento de jefe de la Inquisición por orden del Papa Sixto IV. Torquemada, entonces, acometió la elaboración de diferentes leyes sobre cárceles y Tribunales que algunos consideraron sangrientos e inhumanos, pero que otros vieron como un modelo de humanitarismo y saber hacer penal. Se debe tener en cuenta que el texto de estas leyes ha sido muy manipulado desde su redacción manuscrita hasta su edición impresa, como se ha demostrado luego.
Aunque algunos, alegando el disgusto del monarca ante la influencia que el dominico ejercía sobre la reina, han querido presentar al rey Católico como enemigo de Torquemada, lo cierto es que fue a propuesta de Fernando por lo que Torquemada fue nombrado, después, Inquisidor general del Santo Oficio en Aragón.
Llevado de su celo de clérigo, de sus deseos de unificación religiosa de España y de su natural dominante, disciplinado y recto, se le han atribuido los más horribles crímenes y castigos en pro del catolicismo aunque no se conocen las cifras reales de castigados por Torquemada debido a la gran pérdida de documentos inquisitoriales. Sí puede intuirse, sin embargo, que este celo y afán fueron excesivos, puesto que son numerosas las epístolas papales que le conminan a vigilarlos. Torquemada, no obstante, estaba más preocupado por los judíos y los apóstatas que por las historias de brujería y creencias en supersticiones o mancias tan numerosas en la ápoca y que, no obstante, suman un pequeño número de procesos si se les compara con los realizados contra judíos y herejes, a diferencia de otros países en los que la Inquisición también demostró su poder.

En la hoguera

Su hija procuraba tranquilizarle; pero él se resistía al consuelo. Aquel hijo no era un hijo cualquiera, y no podía enfermar sin que alterara el orden del universo. No probó el afligido padre la comida; no hacía más que dar vueltas por la casa, esperando al maldito médico, y sin cesar iba de su cuarto al del niño, y de aquí al comedor, donde se le presentaba ante los ojos, oprimiéndole el corazón, el encerado en que Valentín trazaba con tiza sus problemas matemáticos. Aún subsistía lo pintado por la mañana: garabatos que Torquemada no entendió, pero que casi le hicieron llorar como una música triste: el signo de raíz, letras por arriba y por abajo, y en otra parte una red de líneas, formando como una estrella de muchos picos con numeritos en las puntas.
Por fin, alabado sea Dios, llegó el dichoso Quevedito, y D. Francisco le echó la correspondiente chillería, pues ya le trataba como a yerno. Visto y examinado el niño, no puso el médico muy buena cara. A Torquemada se le podía ahogar con un cabello cuando el doctorcillo, arrimándole contra la pared y poniéndole ambas manos en los hombros, le dijo: «No me gusta nada esto; pero hay que esperar a mañana, a ver si brota alguna erupción. La fiebre es bastante alta. Ya le he dicho a usted que tuviera mucho cuidado con este fenómeno del chico. ¡Tanto estudiar, tanto saber, un desarrollo cerebral disparatado! Lo que hay que hacer con Valentín es ponerle un cencerro al pescuezo, soltarle en el campo en medio de un ganado y no traerle a Madrid hasta que esté bien bruto».
Torquemada odiaba el campo y no podía comprender que en él hubiese nada bueno. Pero hizo propósito, si el niño se curaba, de llevarle a una dehesa a que bebiera leche a pasto y respirase aires puros. Los aires puros, bien lo decía Bailón, eran cosa muy buena. ¡Ah! Los malditos miasmas tenían la culpa de lo que estaba pasando. Tanta rabia sintió D. Francisco, que si coge un miasma en aquel momento lo parte por el eje. Fue la sibila aquella noche a pasar un rato con su amigo, y mira por dónde se repitió la matraca de la Humanidad, pareciéndole a Torquemada el clérigo más enigmático y latero que nunca, sus brazos más largos, su cara más dura y temerosa. Al quedarse solo, el usurero no se acostó. Puesto que Rufina y Quevedo se quedaban a velar, él también velaría. Contigua a la alcoba del padre estaba la de los hijos, y en ésta, el lecho de Valentín, que pasó la noche inquietísimo, sofocado, echando lumbre de su piel, los ojos atónitos y chispeantes, el habla insegura, las ideas desenhebradas, como cuentas de un rosario cuyo hilo se rompe.

Dominico

Tomás de Torquemada
Inquisidor general de Castilla y Aragón (Valladolid, 1420 - Ávila, 1498). Procedía de una influyente familia de judíos conversos de Castilla; su tío, Juan de Torquemada, fue cardenal y prior de los dominicos de Valladolid. Tomás ingresó muy joven en la orden de su tío y llegó a ser prior del convento de Santa Cruz de Segovia. Fue confesor de varias personas influyentes de la corte de los Reyes Católicos, que le pusieron en contacto con la reina Isabel.
En 1483 fue nombrado inquisidor general con autoridad sobre todos los reinos de las Coronas de Castilla y Aragón, para poner fin al desorden que había reinado en la Inquisición española desde que se fundara en 1478. Aunque no fue el primer inquisidor general, sí fue el verdadero organizador del Tribunal. Centralizó el Santo Oficio en torno al nuevo Consejo Supremo de la Inquisición, del cual fue primer presidente. Dictó las ordenanzas de 1484-85 y 1488, que crearon el procedimiento inquisitorial para perseguir a los herejes (mediante acusaciones anónimas, interrogatorio bajo tormento y penas que podían llegar hasta la hoguera).
Torquemada fue un riguroso perseguidor de toda disidencia religiosa, que llevó su celo ortodoxo hasta la crueldad. Convencido de la necesidad de la unidad religiosa, fue uno de los inspiradores de la expulsión de España de los judíos que no aceptaran convertirse al cristianismo (1492); y después aumentó el rigor en la persecución de los judeoconversos (a los que él mismo pertenecía), acusados frecuentemente de seguir practicando su religión en secreto.

10.000 personas en la hoguera, y los católicos, mirando hacia otro sitio

Torquemada, Tomás de

Primer Gran Inquisidor de España, nacido en Valladolid en 1420; murió en Ávila el 26 de Setiembre de 1498. Era sobrino del célebre teólogo y cardenal, Juan de Torquemada. En su temprana juventud ingresó al monasterio Dominico en Valladolid, y más tarde fue nombrado prior del Monasterio de Santa Cruz en Segovia, puesto que desempeñó durante veintidós años. La Infanta Isabel lo escogió como su confesor mientras estuvo Segovia, y cuando ella asumió el trono de Castilla en 1474 él se convirtió en uno de sus más confiados e influyentes consejeros, pero rechazó todos los altos nombramientos eclesiales, prefiriendo permanecer como un simple fraile.
En ese tiempo la pureza de la Fe Católica en España estaba en gran peligro por los numerosos Marranos y Moriscos, quienes, por razones materiales, se convirtieron en falsos convertidos del Judaísmo y Mahometismo al Cristianismo. Los Marranos cometieron serias atrocidades en contra de la Cristiandad y se propusieron judaizar toda España. La inquisición, que los soberanos católicos habían autorizado que establezca Sixto IV en 1478, había, a pesar de las injustificadas crueldades, fallado en su propósito, principalmente por ausencia de centralización. En 1483 el papa nombró a Torquemada, quien había sido un inquisidor asistente desde el 11 de Febrero de 1482, Gran Inquisidor de Castilla, y el 17 de Octubre le extendió su jurisdicción hasta Aragón.
Como representante papal y oficial de mayor rango en la corte inquisitorial, Torquemada dirigió la empresa entera de la Inquisición en España, fue autorizado a delegar sus facultades inquisitoriales a otros Inquisidores de su propia elección, quienes permanecían bajo su responsabilidad, y estableció las apelaciones a la Santa Sede. Él inmediatamente estableció tribunales en Valladolid, Sevilla, Jaén, Ávila, Córdoba y Villa Real, y, en 1484, en Zaragoza para el Reino de Aragón. También instituyó un Consejo Superior, que consistía de cinco miembros, cuyo jefe tenía la obligación de ayudarlo en la escucha de las apelaciones (ver INQUISICIÓN --La Inquisición en España). Convocó una asamblea general de inquisidores españoles en Sevilla, el 29 de Noviembre de 1484, y presentó un bosquejo de veintiocho artículos como guía. A esto añadió varios nuevos estatutos en 1485, 1488 y 1498 (Reuss, "Sammlungen der Instructionen des spanischen Inquisitionsgerichts", Hanover, 1788). Los Marranos encontraron poderosas maneras de evadir los tribunales en los judíos de España, cuyas riquezas los habían hecho muy influyentes y sobre los que la Inquisición no tenía jurisdicción. En esta situación Torquemada pidió a los soberanos que exijan a los judíos que se conviertan en cristianos o que abandonen España. Para frustrar esta medida los judíos acordaron pagan al gobierno español 10,000 ducados si los dejaban tranquilos. Existe una tradición que cuando Fernando estaba a punto de ceder a la tentadora oferta, Torquemada se le apareció, sosteniendo un crucifijo en lo alto, y exclamando: "Judas Iscariote vendió a Cristo por 30 monedas de plata; Su Alteza está a punto de venderlo por 30,000 ducados. Aquí está Él; tómelo y véndalo." Dejando el crucifijo en la mesa abandonó la habitación. Principalmente a través de esta mediación los Judíos fueron expulsados de España en 1492.Se ha escrito mucho sobre la inhumana crueldad de Torquemada. Llorente registra que durante el mando de Torquemada (1483-98) 8800 personas fueron quemadas y 9654 fueron castigados de diferentes formas (Histoire de l'Inquisition, IV, 252). Estos datos son altamente exagerados, como ha sido concluyentemente probado por Hefele (Cardenal Giménez, cap. xviii), Gams (Kirchengeschichte von Spanien, III, II, 68-76), y muchos otros. Incluso el historiados judío Graetz se satisface sosteniendo que "bajo el primer Inquisidor Torquemada en el transcurso de catorce años (1485-1498) por lo menos 2000 judíos fueron quemados como pecadores impenitentes" ("Historia de los judíos", Filadelfia, 1897, IV, 356). La mayoría de historiadores sostienen con el protestante Peschel (Das Zeitalter, der Entdeckungen, Atuttgart, 1877, pp. 119 sq.) que el número de personas quemadas desde 1481 hasta 1504, cuando Isabel murió, fue cerca de 2000. Si la forma de Torquemada de indagar y castigar a los herejes era justificable es un asunto que debe ser decido no sólo comparado con el nivel penal del siglo quince, sino también, y principalmente, a través de una investigación sobre la necesidad de preservar el cristianismo en España. El cronista español contemporáneo, Sebastián de Olmedo (Chronicon magistrorum generalium Ordinis Prædicatorum, fol. 80-81) llama a Torquemada "el martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país, el honor de su orden".

Sobrino de teólogo

Una de las figuras más vinculadas con la Inquisición es, sin duda, Tomás de Torquemada, hombre nacido en el seno de una familia nobiliaria al ser hijo del señor de Torquemada y sobrino del cardenal Juan de Torquemada. Como muchos segundones procedentes de familias hidalgas, Tomás decidió ingresar en la Orden de los Dominicos en el convento de San Pablo de Valladolid para posteriormente pasar al de Santa Cruz de Segovia donde alcanzó el cargo de prior. Como confesor de Hernán Núñez de Arnalt, secretario y tesorero de los Reyes Católicos , se puso en contacto con Isabel y Fernando , obteniendo el cargo de confesor real. Su intachable carrera motivará su nombramiento como Inquisidor General de Castilla (2 de agosto de 1482) y de Aragón, Cataluña y Valencia (17 de octubre de 1482) con el objetivo de finalizar con el desorden provocado por sus antecesores en el cargo, Murillo y San Martín. La Inquisición había sido establecida en Castilla como respuesta al grave problema provocado por conversos, judíos y herejes, ...

Sobrino del c lebre te logo y
... mo), moros, apóstatas y otros a una escala sin precedentes. La tortura se usaba para conseguir declaraciones y pruebas, persiguió "delitos" como la herejía, la brujería, la bigamia y la usura. También apoyó, en 1492, la expulsión de los judíos y los moriscos de España. Desde Roma, los sucesivos papas pidieron moderación a su ímpetu excesivo y acabó por ser relevado del cargo. Posteriormente, renunció a los arzobispados de Sevilla y Toledo, que los reyes le ofrecieron, y se retiró al convento de Santo Tomás de ávila que, como el de Santa Cruz de Segovia, fue construido por su iniciativa. Murió en ávila el 26 de septiembre de 1498. . Se ha escrito mucho sobre la inhumana crueldad de Torquemada. Llorente registra que durante el mando de Torquemada (1483. Inquisition, IV, 252). Estos datos son altamente exagerados, como ha sido concluyentemente probado por Hefele (Cardenal Giménez, cap. xviii), Gams (Kirchengeschichte von Spanien, III, II, 68. 76), y muchos otros. Incluso el historiados judío Graetz se satis ...

represión religiosa

F UE UN HOMBRE que marcó su tiempo y los que le sucedieron, pero cuya vida privada fue siempre oscura y recatada. Místico e incorruptible, fue el causante de la muerte de miles de seres humanos y de la tortura de muchos más. Creó la máquina de represión religiosa y política más eficaz de la historia: la Inquisición española. Su legado de intolerancia y fanatismo ha llegado macabramente vivo hasta el siglo XX.
Si alguien se animara alguna vez a escribir la crónica criminal de las buenas intenciones, sin lugar a dudas la figura del vallisoletano Tomás de Torquemada ocuparía en ella un lugar central. Pocas veces la virtud ha causado tanto sufrimiento al aliarse con la intolerancia. Sin embargo, y como sucede siempre, para que un fanático virtuoso despliegue todo su potencial dañino es necesario que reciba el impulso y la aquiescencia de los poderosos: necesita de un marco político en el que sus instintos purificadores y violentos sean de utilidad pública. Ésa es la razón que explica por qué la figura de fray Tomás de Torquemada sólo alcanzó una dimensión pública en España cuando contaba 62 años de edad.
Tomás de Torquemada había nacido en el seno de una noble familia castellana en el año de 1420. Los reinos de la península Ibérica conocieron durante aquellos años una agitación sin precedentes que estuvo marcada por tres grandes acontecimientos: la disputa con Portugal por la corona del reino de Castilla, la histeria colectiva antijudía y la consolidación del proyecto político de alianza de los reinos de Castilla y Aragón desarrollado por los Reyes Católicos. Sin la confluencia de esos acontecimientos, quizá la vida de Torquemada hubiera seguido siendo simplemente la de un religioso más. Pero no fue así.
Tomás de Torquemada ingresó joven en la Iglesia como miembro de la orden de los dominicos, en el convento de San Pablo, en Valladolid. Y en las oscuras soledades de la vida de monje desarrolló su carrera eclesiástica. Por fin, mediada la década de los 70, fue nombrado prior del convento de Santa Cruz, en Segovia.
U N MÍSTICO
El historiador Houillon describe a Torquemada como "un hombre místico, despegado de las contingencias de este mundo, muy estricto tanto consigo como con los demás, e incorruptible". Sin embargo, su nombramiento de prior demostró que había una tentación contra la que no sabía resistirse: la del poder. Un poder que le permitiera llevar a cabo las aspiraciones de su fanatismo religioso.
Desde el año 1474, la ciudad de Segovia se había convertido en una pieza clave del reino de Castilla. Entonces, la princesa Isabel se había hecho coronar reina de Castilla al amparo del gobernador del alcázar de la villa, don Andrés de Cabrera. Segovia era el bastión político de Isabel la Católica y por ello no tuvo nada de raro que el nuevo prior del convento de Santa Cruz se convirtiera pronto en confesor del secretario y tesorero de la reina, don Hernán Núñez de Arnalt.
Pero si Segovia fue la ocasión, el fanatismo religioso de Torquemada venía de antes. Tomás no era el primer miembro de su familia que sentía la llamada religiosa. Su tío, Juan de Torquemada, era cardenal, pero su origen era judío converso. La constante presión que sufría la comunidad judía había acabado acarreando la conversión al cristianismo de casi la mitad de los 400.000 judíos que habitaban en España. Ese parentesco con conversos espoleó la obsesión del joven Tomás por lograr la pureza religiosa.
Ciertamente, muchos de los judíos conversos debían su nueva religión al miedo más que a la fe y su cristianismo era poco ortodoxo cuando no claramente fingido. Por otra parte, la envidia y la codicia de muchos cristianos viejos les animaba a buscar cualquier defecto en los nuevos cristianos y a seguir hostigando a los judíos que aún no se habían convertido.
Para ello, obtuvieron del papa Sixto IV la bula para crear una nueva Inquisición, a imitación de las que ya se habían autorizado antes, a fin de perseguir las conductas heréticas de los judíos conversos. De ese modo, los judíos pasaron a sufrir una doble presión. Los convertidos corrían el riesgo de caer en manos de la Inquisición y los que seguían siendo judíos sufrían las violencias de los cristianos viejos.
En 1482 se puso en marcha la Inquisición española, pese a los esfuerzos en contra del anterior confesor de la reina, fray Hernando de Talavera, y Tomás de Torquemada fue nombrado inquisidor general. Tomás de Torquemada pasó a ser también el nuevo confesor de la reina que, según el cronista Juan de la Cruz, le escogió porque "fue informada de su prudencia, rectitud y santidad". Ese nuevo cargo hizo que la opinión de Torquemada pesara decisivamente sobre la reina. Torquemada fue una de las pocas personas que se atrevió a amonestar a los Reyes Católicos. No tuvo empacho en forzar a la reina a atender asuntos que él juzgaba de importancia incluso cuando estaba ésta en trance de parir y, enterado en otra ocasión de las ofertas económicas que hacían los conversos para evitar su persecución, se presentó ante los reyes con un crucifijo y les espetó: "Señores, aquí traigo a Jesucristo, a quien Judas vendió por 30 dineros y le entregó a sus perseguidores; si os parece bien, vendedle vosotros por más precio y entregadle a sus enemigos, que yo me descargo de este oficio; vosotros daréis a Dios cuentas de vuestro contrato". Y dejándoles el crucifijo abandonó el palacio.
La misión, pues, que los reyes encargaron a un hombre tan riguroso como Torquemada era la de definir los objetivos y organizar los métodos de la nueva Inquisición. Fue Torquemada quien convenció a los Reyes Católicos de la conveniencia de que la nueva Inquisición dependiera solamente de la Corona y no del Papa.
S ANTO OFICIO
Auspiciados por Torquemada, que desoía las críticas que se vertían contra sus métodos, el Santo Oficio se llenó de siniestros personajes como Alonso de Espina, que también era de origen converso. Otro converso extremista, Alonso de Cartagena, no dudó en escribir: "Si algún cristiano nuevo hay que mal use, yo seré el primero que traeré la leña en que lo quemen y daré el fuego". Para el historiador Joseph Pérez, "el antijudaísmo militante de algunos conversos se debía a su deseo de distinguirse de los falsos cristianos mediante la severa denuncia de sus errores".
La opinión de Torquemada fue decisiva a la hora de animar a los Reyes Católicos a decretar la expulsión de los judíos no convertidos, tras la conquista de Granada en 1492. En 1494, cuando cayó enfermo, cuatro obispos vinieron a ayudarle en sus tareas inquisitoriales. Dos años después se retiró al convento de Santo Tomás de Ávila que él mismo había fundado, y aún tuvo energías para convocar de nuevo a los inquisidores y redactar nuevas instrucciones de funcionamiento. A su muerte, el 16 de septiembre de 1498, le sucedió en el cargo de inquisidor general fray Diego de Deza, pero la Inquisición ya estaba consolidada. Durante los 18 años primeros costó la vida a 2.000 personas que fueron quemadas en la hoguera (según las cifras más moderadas) y otras 25.000 fueron procesadas. Hasta su abolición, en el año 1834, marcó trágicamente la vida española con un sello de intolerancia, e introdujo en la modernidad una mentalidad, denominada inquisitorial, que habría de sobrevivirle hasta el siglo XX.


"Prueba Jurídica de los libros", de Cristóbal Llorens, expuesto en el Museo de Bellas Artes.
La estirpe del Gran Inquisidor ha sobrevivido al personaje de Torquemada e incluso a la institución que él inició. Baste recordar las feroces cazas de brujas padecidas en centroeuropa durante los siglos XVI y XVII. En el siglo XX tampoco han faltado nuevos inquisidores.
En la URSS de Stalin fueron ejecutadas las tres cuartas partes de los miembros del partido bolchevique que habían dirigido la Revolución, acusados precisamente de contrarrevolucionarios. Por los mismos años, en la Alemania de Hitler, se llevó a cabo la última y más atroz persecución del pueblo judío, saldada con seis millones de víctimas. En Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial, se desató una ola inquisitorial que, si bien no tuvo el elemento criminal de las ya citadas, sí supuso la implantación de la delación como norma de convivencia y la persecución de la disidencia ideológica. Los diferentes casos pueden ser comparados con otros ocurridos siglo y medio antes para llegar a la misma conclusión. Y es que los inquisidores son tan difíciles de erradicar como la mala hierba y, como ésta, crecen en todas partes.

Confesor de los reyes catolicos

Una de las figuras más vinculadas con la Inquisición es, sin duda, Tomás de Torquemada, hombre nacido en el seno de una familia nobiliaria al ser hijo del señor de Torquemada y sobrino del cardenal Juan de Torquemada. Como muchos segundones procedentes de familias hidalgas, Tomás decidió ingresar en la Orden de los Dominicos en el convento de San Pablo de Valladolid para posteriormente pasar al de Santa Cruz de Segovia donde alcanzó el cargo de prior. Como confesor de Hernán Núñez de Arnalt, secretario y tesorero de los Reyes Católicos, se puso en contacto con Isabel y Fernando, obteniendo el cargo de confesor real. Su intachable carrera motivará su nombramiento como Inquisidor General de Castilla (2 de agosto de 1482) y de Aragón, Cataluña y Valencia (17 de octubre de 1482) con el objetivo de finalizar con el desorden provocado por sus antecesores en el cargo, Murillo y San Martín. La Inquisición había sido establecida en Castilla como respuesta al grave problema provocado por conversos, judíos y herejes, quedando bajo el directo control de la Corona, quien tenía derecho al nombramiento de inquisidores. Su funcionamiento se fecha en 1480, siendo Torquemada el encargado de la reorganización y centralización de la institución. Para ello eligió a los jurisconsultos Tristán de Medina y Juan Gutiérrez de Chaves con el fin de redactar las Instrucciones u Ordenanzas, que fueron aprobadas en 1484. Gracias a estas instrucciones, se establecían tribunales del Santo Oficio en Ciudad Real, Sevilla, Jaén y Córdoba, lo que demuestra que el centro del problema estaba en la zona meridional de la península. Fray Tomás fue uno de los más firmes defensores de la expulsión de los judíos de España, animando a los Reyes Católicos a la firma del polémico decreto (marzo de 1492) que obligaba a la marcha de la importante comunidad sefardí de la península, creando un nuevo conflicto con los conversos que se quedaron. Quizá tocado por contundentes estas medidas, que no dejaron de tener detractores entre los poderosos miembros de la comunidad económica, Torquemada decidió retirarse al convento de Santo Tomás de Avila, renunciando insistentemente a las ofertas de los Reyes Católicos para que ocupara los arzobispados de Sevilla y Toledo. En dicho convento fallecía el 16 de septiembre de 1498, labrándose una ambigua imagen al ser tachado de arquetipo de virtudes para sus defensores mientras que sus detractores le consideran una de las figuras más sanguinarias de la historia de España.

De Juan Eslava Galan

EL TERRIBLE TORQUEMADA
Juan Eslava Galán

Ignoramos si fray Tomás de Torquemada creía en la predestinación. El primer inquisidor general, el inevitable paradigma de todos los inquisidores, fue un predestinado incluso en la siniestra sonoridad de su apellido, que parece oler a chamusquina de carne hereje. Llorente, primer historiador del Santo Oficio, asegura que durante su mandato fueron quemadas más de diez mil personas y otras veintisiete mil sufrieron penas infamantes. Su retrato, en la tabla de la Virgen de los Reyes Católicos, nos presenta un rostro de facciones correctas muy distinto al del gángster macizo y sombrío, de ojos hundidos, de apretados labios, que imaginaron los ilustradores románticos.
Los panfletistas decimonónicos y don Benito Pérez Galdós nos vendieron un Torquemada sádico, cruel y fanático, y consiguieron elevarlo a un sitial de honor en la galería de los monstruos de la historia entre Hitler y Vlad el Empalador, el histórico Drácula.. El cine, tomando el relevo del folletón por entregas, ha remachado el mito prestándole las torvas caracterizaciones de Paco Rabal y Marlon Brando. Pero, como la verdad nos hace libres, el personaje comienza a ser rehabilitado por los historiadores. Para Walsh, Torquemada «era un hombre apacible y estudioso, que abandonó el claustro para desempeñar un cargo desagradable, pero necesario, con espíritu de justicia templado por la piedad, y siempre con habilidad y prudencia Fue un gran legislador; (...) para algunos fue un santo (...) cuando se abrió su tumba para el traslado de sus restos, los que se hallaban presentes contaron que sintieron un especial olor dulce y grato (...) el pueblo comenzó a rezar ante su tumba».
El perfume que emanaba la tumba de Torquemada es el olor a santidad que aparece en algunos sepulcros antiguos. Sin descartar que en algún caso pudiera haber milagro de por medio, la explicación más racional de este fenómeno es que se deba a las reacciones químicas que acompañan a la podredumbre. En cualquier caso, no deja de ser reveladora esa proclividad del pueblo a venerar a los inquisidores. De la aceptación popular de la Inquisicíón, tema que tanto agradaba a Menéndez Pelayo, ya se hablará cuando le toque.
Torquemada era un castellano de Palencia, serio y austero, que había tomado los hábitos por vocación. Comia poco, desdeñando manjares, dormía sin sábanas, vestía sencillamente, era severo consigo y con los demás, de piedad tenebrosa; riguroso, pero no implacable; ferviente, pero no inhumano. Torquemada mantenía sus convicciones contra viento y marea, sin hacer concesiones a nadie. Fue capaz de amonestar a la propia reina por permitir que los carpinteros trabajasen en día festivo para tener a punto el tablado de una fiesta. Siempre rehuyó los honores y pompas mundanos. Rechazó el arzobispado de Sevilla y otros cargos igualmente codiciables y sólo aceptó el encargo de organizar la Inquisición porque lo vivió más como un sacrificado servicio al Estado y a la Iglesia que como una sinecura ventajosa. Además, era una decisión consecuente con sus sentimientos religiosos. Torquemada estaba convencido de que la ascensión social de los conversos redundaba en perjuicio de la religión. En un memorial enviado a los reyes leemos: es mucho prohibido que los judíos no tengan entre los cristianos oficios públicos ni los reyes non los vendan sus rentas (...) porque es grand pecado e mengua de nuestra fe (...) es menester que judíos y moros sean apartados y non vivan entre los cristianos y que traigan sus señales por donde sean conocidos y que ningún judío ni moro non traiga seda mas que se vista según su estado y condición.
Torquemada había ingresado, siendo todavía muchacho, en el convento dominico de San Pablo, en Valladolid, donde contaba con influencias familiares. Luego ascendió a prior del convento de Santa Cruz en Segovia y finalmente, ya anciano, en el de los dominicos de Avila, que él había fundado.
Existen pocos datos que permitan trazar un retrato íntimo de este hombre severo e inexpresivo. Sentía gran apego por su familia y su patria chica, la aldea de Torquemada (Palencia), a la que costeó la construcción de un puente y las reparaciones de la iglesia. Veneraba especialmente la memoria de su padre. Cuando éste falleció, el convento de San Pablo de Valladolid consagró a su memoria el patronato de una capilla. Andando el tiempo el capítulo conventual decidió anular este patronato. Torquemada, incomodado, alteró su testamento para suprimir las mandas que dejaba a esta comunidad.
La gestión de Torquemada al frente de la primera Inquisición fue decisiva. Este eficiente funcionario redactó las primeras Instrucciones, que servirían de base al desarrollo institucional del Santo Oficio, le imprimió su carácter estatal y corrigió los abusos de los tribunales, revocando los nombramientos de algunos inquisidores indignos y moderando el rigor de otros.

Monje

Torquemada, Tomás de (1420-1498), monje español y gran inquisidor, famoso por su implacable administración de la Inquisición. Nació en Valladolid e ingresó muy joven en la orden de los dominicos. En 1452 fue prior del monasterio de Santa Cruz en Segovia y, desde 1474, confesor de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.
Por recomendación de Isabel, el papa Sixto IV lo designó primer inquisidor general de Castilla en 1483. Animado por sus soberanos, reorganizó la Inquisición fundada en 1478. En 1487 fue nombrado gran inquisidor para toda España por el papa Inocencio VIII. Religioso profundo y celoso católico, estaba convencido de que los no católicos y los falsos conversos eran capaces de destruir a la Iglesia y al país, por lo que utilizó la Inquisición durante los 11 años siguientes para investigar y castigar a marranos (falsos conversos procedentes del judaísmo), moros, apóstatas y otros a una escala sin precedentes. Como en otros sistemas judiciales europeos de la época, la tortura se empleaba para conseguir declaraciones y pruebas, persiguiendo un amplio abanico de delitos que incluían la herejía, la brujería, la bigamia y la usura. Cerca de 2.000 personas fueron quemadas en la hoguera durante el mandato de Torquemada. También apoyó, en 1492, la expulsión de los judíos y los moriscos de España.

El gran inquisidor

TORQUEMADA: El gran inquisidor
El Mundo, 26 de octubre de 1997
Fue un producto típico de la endiablada sociedad española de la segunda mitad del s. XV. El inquisidor entorpeció la vida intelectual española de forma trágica. Nunca se arrepintió de quemar herejes ni de expulsar judíos. Su tumba fue profanada durante la Guerra de la Independencia.
Tomás de Torquemada entra en la Historia por haber sido el primer Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio y el que puso a la firma de los Reyes Católicos el decreto de expulsión de los judíos, pero no sabemos bien quién fue. Las referencias sobre su vida provienen de la crónica de los dominicos que Fray Juan de la Cruz escribió en 1567 y cuya credibilidad es limitada. Como a casi toda persona conocida del siglo XV, se le atribuye linaje judaico pero no sabemos si el regidor Don Pedro Fernández de Torquemada o su señora Doña Mencía Ortega, sus padres, eran cristianos nuevos. Hay tanto empeño en afirmarlo hoy como en borrarlo ayer. Y de linaje converso encontramos personajes con tanta variedad de conductas como en el resto de la sociedad española de la época. El origen no hace la trayectoria.Torquemada, hombre de religión más que fe, es en realidad un producto típico de la endiablada sociedad española de la segunda mitad del siglo XV. Pero por muy decidido que fuese, nunca resultó decisivo, aunque a veces pareciera decisorio. Desde el nacimiento, en 1420, hasta la muerte en el convento abulense de Santo Tomás, en 1498 -otro aniversario para el zurrón noventayochista: quinientos años de la muerte de Torquemada-, su vida se parece a la de muchos hombres de aquella Castilla con tanta fuerza en su gente como indefinición en sus caminos. Isabel la Católica es el imán de los cambios y realizaciones trascendentales de ese final del Cuatrocientos y no es casualidad que Torquemada sea uno de los tres confesores importantes de su vida: un dominico, un jerónimo y un franciscano; el duro Torquemada, el santo Talavera, el severo Cisneros. Para llegar al nivel de Cisneros le faltaba a Torquemada categoría intelecutal -sólo era bachiller en Teología, mientras don Francisco Jiménez era amigo de Nebrija y trató de fichar a Erasmo para su Universidad Complutense-, pero le sobraban, como al futuro cardenal regente, ambición, seguridad en sí mismo y una austeridad que rondaba el exhibicionismo. Más que una ética, el rigor de esta minoría de la iglesia castellana, reformista antes del protestantismo, era casi una estética. Torquemada representaba una línea dura con respecto a los conversos sospechosos de judaizar -es decir, de mezclar la fe de Moisés con la de Cristo mediante dobles ritos o síntesis heréticas-, mietnras Talavera representaba la línea moderada, tradicional y mayoritaria en el alto clero, la naciente burguesía ciudadana y la nobleza. Fueron los disturbios creados a propósito de los conversos los que hicieron cambiar lentamente y siempre detrás de los acontecimientos esta política. Y fue Fernando, de linaje converso por su madre, Juana Enríquez, el que más decididamente encabezó el movimiento cuando lo consideró irreversible, aunque para ello tuviera que recurrir al Papa -que detestaba- y al antiguo confesor de su esposa, amén de pelearse con todo el reino de Aragón.Cuerpo doctrinal no posee Torquemada, ni tampoco encabeza una facción política. Es la expresión de una conyuntura histórica, casi siempre mal entendida o manipulada, y cuya explicación sigue resultando difícil. Se podría resumir diciendo que el proyecto de los Reyes Católicos para acabar con los enfrentamientos de la aristocracia e incorporar clérigos y laicos sin títulos ni riquezas a la alta administración tropieza con el problema de los conversos, instalados en la cúspide social. Estos cristianos nuevos provocan o sufren feroces campañas a propósito del Poder que tienen, no por su fe, pero sí con la fe, ligada a un nebuloso racismo, como elemento de conflicto. Lo que lleva al establecimiento de la Inquisición es, pues, el problema de los conversos y no, como suele decirse, el de los judíos, que eran poco más de cien mil, marginales desde el punto de vista social y bastante respetados por su fidelidad religiosa tras las grandes conversiones de épocas anteriores. En realidad, sólo había un grupo que odiaba más a los conversos que los cristianos viejos, y éste era precisamente el de los judíos, que los consideraba traidores a su fe y a su raza. En ambos casos el odio era muy popular y entre la plebe católica asociaba imputaciones de crímenes rituales, como el inventado del Niño de La Guardia, con la usura y los impuestos. Pero ese odio estaba groseramente manipulado por gente sin escrúpulos que lo utilizaba en sus intrigas políticas y quizá por eso nunca fue considerado legítimo entre los grupos dirigentes ilustrados, incluidos muchos religiosos.Sin embargo, la existencia de conspiraciones políticas en las que se mezclaban prácticas rituales judaizantes o heréticas, así como los conflictos cada vez mayores entre cristianos viejos y nuevos, decidieron a los reyes a pedir al Papa la creación de una Inquisición nueva, ya que la tradicional era absolutamente ineficaz por su propensión al soborno. No era en su origen una forma de persecución racial -en España la mezcla racial es tan grande como antigua- sino religiosa y antiherética. Cuando Sixto IV concedió la bula de rigor y nombró los dos primeros inquisidores, a los que sucedió Torquemada al año siguiente, ya como Inquisidor General a propuesta de la corona, la máquina en marcha tenía tres objetivos: luchar contra la herejía, pacificar los grupos sociales y facilitar a los reyes un mecanismo que les permitiera unificar su acción de Aragón y Castilla mediante el instrumento que más los ligaba y que menos discutían: la religión católica.La aportación de Torquemada consistió en convertir lo que era un proyecto político para la religión en un proyeco religioso para la política. Si esa mutación se hubiera previsto, seguramente la nueva Inquisición no habría nacido. Pero cuando se puso en marcha, no hubo forma de detenerla. Los 10 años de torquemadismo, desde el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio hasta la orden de expulsión de los judíos en 1492, escrita seguramente por el propio Fray Tomás, muestran la evolución del problema de los conversos bajo la actividad inquisidora. Ambos hechos están pensados para preservar la pureza de la fe y asegurar la posición social de los cristianos nuevos, pero desembocan en 3.000 ejecuciones mediante la hoguera y un número varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones, torturas y degradaciones públicas. Torquemada, detrás de la Corona, es quien siembra el terror.El establecimiento de Torquemada como Inquisidor General, fácil en Castilla, fue dificultosísimo en Aragón. Los catalanes aceptaron la Inquisición a regañadientes, pero pidieron que fueran ellos los que nombraran al Inquisidor. Fernando no quiso. Los aragoneses fueron más lejos y Teruel llegó a alzarse en armas contra el Santo Oficio, caso primero y último. Los turolenses cerraron las puertas de la ciudad a los inquisidores que venían de Zaragoza; el Rey pidió que los funcionarios aragoneses acudiesen armados a proteger la entrada de los inquisidores. No lo consiguió y tuvo que recurrir a tropas de Castilla para que tomaran la ciudad. Pero la caída de Teruel desesperó y radicalizó a conversos, a judíos y a muchos cristianos viejos que veían que la Inquisición acababa con sus fueros y libertades. Empezaron las conjuras en Zaragoza y una desembocó en el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués. La represión fue rápida y feroz. Torquemada empezó a llevar una escolta de hasta doscientas lanzas y a tener siempre en su mesa un cuerno de rinoceronte, para prevenir envenenamientos. Los judíos, al principio, colaboraron con él como delatores de los despreciados conversos. Sólo cuando ya era tarde se dieron cuenta de que iban a ser víctimas de un sistema que no sólo eliminaba a los que no terminaban de ser ni judíos ni cristianos sino que imponía por la fuerza la existencia de una sola fe. La obligación no terminó con la devoción pero sí con la libertad de conciencia. La Inquisición española, creada en todos sus detalles por Torquemada, provocó muchas menos víctimas que otros tribunales europeos similares.Eso es indudable, pese a todas las leyendas negras acumuladas. También es cierto que los católicos franceses mataron más protestantes en una sola noche, la de San Bartolomé, que el Santo Oficio en tres siglos y que los alemanes quemaron más brujas en un año que la Inquisición en toda su historia. Pero la máquina de intolerancia, sospecha, terror y delación accionada por Torquemada entorpeció la vida intelectual española de forma trágica. Duró más en la memoria que en el tiempo. Nos marcó. Torquemada no murió arrepentido ni de quemar herejes ni de expulsar judíos, como se ha dicho, pero sí viejo, paranoico, avariento y miserable Tras lograr la expulsión de los judíos, perdió la salud y volvió a Avila. Negó su hacienda al convento de San Pablo y tuvo que desenterrar a sus padres para llevárselos a Santo Tomás. Consiguió del Papa Alejandro VI una bula para que allí rigieran estatutos de limpieza de sangre y pasó sus últimos años rapaceando fondos para la que fue su tumba. Durante la guerra de la Independencia ésta fue profanada y aventadas sus cenizas. No se averiguó la identidad de los autores del hecho. Demasiados sospechosos.

Saturday, June 10, 2006

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